El virus de inmunodepresión felina está emparentado con el virus FeLV de la leucemia. Sin embargo, es mucho menos contagioso y su transmisión sólo se produce mediante una mordedura profunda. Los machos no castrados que salen al exterior son los más expuestos al virus, debido a las peleas que entablan en la época de los apareamientos.
La transmisión de la madre al feto a través de la placenta, o bien al gatito mediante la lactancia, únicamente resulta posible si la gata se ha contaminado durante la gestación y no ha tenido tiempo de fabricar anticuerpos protectores. Según todos los indicios, se trata de una situación muy poco frecuente.
Inicialmente se observa en el gato fiebre acompañada de una hipertrofia de los ganglios, y a continuación estos síntomas desaparecen durante un periodo de entre cinco y ocho años. Este virus alcanza los linfocitos T del gato, debilitando sus defensas inmunitarias. Los síntomas son diversos: fiebre, adelgazamiento, gingivitis, estomatitis, diarreas crónicas, uveítis e infecciones reincidentes (abscesos cutáneos, coriza crónica, etc.); algunos gatos pueden sufrir demencia o trastornos del sueño. El diagnóstico se lleva a cabo a partir de un análisis de sangre en el que se buscan los anticuerpos dirigidos contra el virus.
Generalmente no se aplica a cachorros menores de seis meses, ya que pueden albergar los anticuerpos de sus madres y dar resultados positivos falsos. No existe tratamiento específico, ya que los fármacos antivíricos de tipo AZT son mal tolerados por los gatos. Sobre todo, se intenta luchar contra las infecciones bacterianas con antibióticos y reducir las inflamaciones bucales. Una vez que se declaran estos síntomas la supervivencia del gato raramente supera los dos años, ya que el estado de estos animales se degrada a gran velocidad. Este virus no resulta contagioso para el hombre.