Parece una idea descabellada pero en realidad existieron, aunque creo que ya no. Hace unos años una mujer de Pensilvania vendía gatos con piercings hechos, a través de ebay como «gatos góticos». Lo que hacía era poner piercings en las orejas, cuello y rabo del gato.
Esa práctica, al menos por esa persona, ya no se lleva a cabo pero si abre un debate acerca de lo que se puede considerar maltrato y lo que no. Un piercing para un gato en la oreja supone un problema en su audición (aunque sea pequeño); si el piercing está en el cuello, el problema es más psicológico porque, para el gato, se genera la sensación de malestar al pensar que siempre están mordidos en esa zona. Y con la cola se desequilibra su equilibrio.
Los animales son animales, lo sabemos, pero no por ello han de ser conejillos de indias para probar lo que queramos con ellos. Un animal no lleva piercings. Puede ser considerado más o menos maltrato pero no deja de serlo al estar sometiendo al animal a un estado que no es el normal y en el que no se siente bien.